©Miguel Galiano

Frankfurt, Alemania

Libeskind & Nieto Sobejano

Diálogo

Entrevista - 02.10.2016

La Ópera Antigua de Frankfurt, coincidiendo con la instalación organizada por Cosentino, acoge la conversación entre los madrileños Nieto y Sobejano, y el norteamericano de origen polaco Lisbeskind.

Aprovechando la inauguración de la instalación formada por piezas de Dekton Musical Labyrinth, fruto de la colaboración entre Daniel Libeskind y Cosentino, reunimos al arquitecto norteamericano con los españoles Nieto y Sobejano en la Alte Oper de Frankfurt. La conversación gira en torno a temas cercanos para ambos, como la música —Enrique Sobejano y Fuensanta Nieto son amantes de este arte y, además, han ganado recientemente el concurso para construir el centro para el músico estonio Arvo Pärt, y Daniel Libeskind fue un virtuoso intérprete en su juventud—o sobre la memoria, dado que ambos estudios coincidieron en la exposición ‘Childhood Recollections: Memory in Design’ en el London Design Festival este mismo año.

Libeskind Nieto Sobejano. ©Miguel Galiano
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Enrique Sobejano: La arquitectura está íntimamente relacionada con la memoria, y ésta no es una característica de la que se hable habitualmente. Los recuerdos están en el fondo de todo lo que hacemos. Cuando alguien explica su arquitectura desde un punto de vista muy racional, siempre tengo la impresión de que es un análisis que puede ayudar, pero que en esa explicación falta lo que realmente está detrás, lo que a veces no podemos explicar.
Daniel Libeskind: Definitivamente compartimos esta percepción. No habría ningún tipo de conexión entre ninguna obra, ya sea literaria, musical o teatral, si la memoria no estuviera presente. En la música, por ejemplo, sería inimaginable.
Fuensanta Nieto: Nosotros aprendimos mucho trabajando para Arvo Pärt. Cuando veías sus anotaciones musicales, que fundamentalmente eran dibujos, podías en verdad ver que había arquitectura detrás.
DL: Totalmente. Esta conexión entre la música y la arquitectura no es metafórica, como muchas veces se dice, sino real.
ES: De hecho, los arquitectos y los músicos hacemos dibujos para que otro los interprete. Hablando de Arvo Pärt, recuerdo que un día nos dijo: «Mi música es como la luz blanca, porque la luz blanca sólo se puede dividir por un prisma. Y ese prisma es el espíritu del espectador.» Fíjate qué comparación más maravillosa.

Libeskind, Nieto, Sobejano. ©Miguel Galiano
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Libeskind, Nieto, Sobejano. ©Miguel Galiano
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DL: Su música, además de tranquila, es muy estructural, que para mí es lo que realmente la música comparte con la arquitectura: por un lado, es tremendamente creativa, pero por el otro es muy científica, y debe ser muy precisa. No valen las aproximaciones, tiene que ser exacta. Como la arquitectura. No vale el tono casi correcto, o la altura casi exacta. No es negociable.
FN: Sé que estudiaste música y que además se te daba muy bien. ¿Todavía tocas?
DL: No. Es muy difícil ser aficionado cuando eres profesional. Cuando tenía quince años actuaba con los mejores músicos clásicos en los sitios más importantes de Nueva York. Si lees las reseñas de aquella época en el New York Times, por ejemplo, muy pocas veces hablaban de ellos, porque yo era un fenómeno. Era muy pequeño y tenía un acordeón enorme, que me tapaba de los pies a la cabeza. Entonces el acordeón era un instrumento que la gente asociaba con la música popular, no con el Barroco que yo tocaba. Muchas veces se lo asociaba incomprensiblemente con los gitanos o pobres que pedían por la calle, y es en realidad un instrumento muy complejo, como una pequeña orquesta. Aunque me da pena no tocar, estoy muy agradecido al acordeón: sin él no creo que hubiese acabado siendo arquitecto.
ES: Es interesante. Yo estudié cuatros años de solfeo y dos de piano. Luego paré y lo olvidé todo: lo podía leer, pero no tocar. Ahora, curiosamente, todo me ha vuelto. Y eso no quiere decir que pueda tocar, pero cuando creces como arquitecto empiezas a ver muchas relaciones que, como decías antes, no son metáforas, sino ritmos, espacios, tiempos… Lo que me recuerda de nuevo a Arvo Pärt. Era muy callado, muy callado, pero con sus silencios lo decía todo.
FN: Cuando hicimos el edificio para él en medio de este fantástico bosque estonio, un entorno maravilloso de enormes pinos, queríamos ser muy cuidadosos con la naturaleza, y eso nos obligaba a ser muy precisos. Recuerdo un día que estábamos replanteando el edificio en el bosque, y estaban Arvo y gente del equipo, y cada vez que hacíamos algo, todos le miraban, buscando su aprobación. Entonces se acercó a nosotros y nos dijo muy educadamente que, quizá, estábamos demasiado cerca de una casa, y que preferiría no verla. Empezamos de nuevo y movimos el proyecto casi nada, apenas cinco metros, hasta que le pareció que ya era suficiente. Volvió y nos dijo, lo recuerdo perfectamente: «Escucha, ahora me doy cuenta de que somos exactamente lo mismo. Yo nunca termino mi música porque siempre quiero precisarla un poco más, y me parece que vosotros sois igual con vuestra arquitectura.»

Libeskind Nieto Sobejano ©Miguel Galiano
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ES: Entonces nos dimos cuenta del privilegio que era trabajar con él. Hoy en día es muy difícil poder ir a un edificio con el cliente, y cambiar cosas sobre la marcha.
DL: Es verdaderamente un privilegio. A mí me fascina la sensibilidad que tienen con la naturaleza y la arquitectura en esa parte del mundo. Viví en Helsinki algún tiempo, y es muy parecido. Es de alguna forma cercana a la sensibilidad japonesa. Es muy callada, nunca hay muchas palabras que decir. Pero hay una espiritualidad en las cosas que normalmente damos por hecho.
ES: Estoy de acuerdo, es muy diferente a la percepción mediterránea.
FN: Tenemos otra cosa en común. Hacia 1983, nosotros estábamos estudiando en Columbia y por casualidad fuimos a una conferencia en la Cooper Union que daba un tal Daniel Libeskind junto con John Hejduk. Hace poco nos llamaron para dar una charla allí, y me vinieron muchos recuerdos a la mente, entre ellos que la sala era muy blanca. Cuando fuimos tuve exactamente la misma sensación.

Nieto Sobejano Libeskind. ©Miguel Galiano
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Nieto Sobejano Libeskind. ©Miguel Galiano
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Nieto Sobejano Libeskind. ©Miguel Galiano
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Nieto Sobejano Libeskind. ©Miguel Galiano
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DL: Es verdad. La gente cree que la memoria viene del pasado, pero viene de alguna otra parte, porque no es necesariamente parte del pasado. Está siempre viva.
ES: El año pasado publicamos una monografía que se llamaba Memoria e invención, y poco después me encontré con una cita de John Banville, en su libro Ancient Light, que decía: «No sé si estoy contando recuerdos o invenciones, o si acaso existe alguna diferencia en absoluto.» Y es precisamente eso. Cuando recuerdas algo no es sólo lo que has vivido, sino todo lo que lo rodea, lo que te han contado, lo que has leído al respecto… de forma que en algún momento las memorias se vuelven invenciones.
DL: Es un tema complejo, como el propio cerebro. También existe una memoria involuntaria, o una memoria no deseada, que viene a ti, incluso si no quieres. Yo creo que la experiencia real no se basa en la observación. En la ciencia quizá. Pero en el pensamiento, no creo que nada nuevo venga de la observación, es algo que está ahí, pero que aún no ha sido modelado. El futuro tampoco puede venir del pasado. No habría un futuro si viniera del pasado. Ha de venir de alguna parte desconocida, que no sabemos dónde está. Por eso es el futuro.
ES: Esa es la razón por la que los arquitectos tenemos esa palabra tan bonita: ‘proyecto’. Imaginamos el futuro, proyectamos para el futuro. Podríamos decir que todo el mundo lo hace, pero en arquitectura se hace evidente.

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DL: Además manipulamos la cimentación. Tenemos que excavar la tierra, y no siempre se habla de ello, pero es un acto verdaderamente violento.
ES: Últimamente hemos estado trabajando en muchas obras bajo tierra, y en otras en los tejados. Me hace gracia porque me recuerda lo que Gaston Bachelard decía sobre las casas, que eran objetos muy verticales cuyos elementos principales eran el sótano y el tejado, donde a los niños les gustaba jugar.
DL: Es cierto. Cuando propuse conservar todo el subterráneo de la Zona Cero, la gente me decía que estaba loco, que además en esa zona el suelo era muy caro y, por lo tanto lucrativo. Y creo que por eso mismo que dices de Bachelard, de estar donde nunca nadie antes ha estado, excepto los obreros si acaso, es una sensación extraordinaria. Es importante que la gente tenga acceso a la roca subterránea de Nueva York, porque es uno de los lugares más increíbles. Y ha sido una intervención muy popular porque tiene que ver con bajar en la ciudad en la que todo el mundo sube. Es un movimiento invertido que atrae a la gente. Yo he estado muchas veces y es fascinante ver cómo la gente se queda impresionada, es casi infantil, como una memoria. Es un lugar algo sagrado, un poco como el cielo.
FN: Es una idea bonita, hay muchas veces que miramos al cielo, y cuando es lo único que se ve, se vuelve incluso más interesante, como en las obras de James Turrell.
DL: Sí, o como cuando Albert Camus dice que aunque seas muy pobre, y no tengas nada, el cielo siempre es gratis.
ES: Me gusta la idea de que el cielo sea gratis, pero la tierra muy cara. Es una división total, una forma distinta de separar los dos mundos. Yo siempre pienso que cuando hablas de arquitectura existe una lucha constante entre la tierra y el cielo. La arquitectura más antigua está conectada a la tierra, y la contemporánea siempre quiere volar, pero nunca se me había ocurrido interpretarlo desde un punto de vista económico.

Libeskind Nieto Sobejano ©Miguel Galiano
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