© Miguel Galiano

Pamplona, España

Koolhaas & Ingersoll

Diálogo

Entrevista - 02.05.2017

Coincidiendo con el Congreso Internacional de Arquitectura de Pamplona, Rem Koolhaas (Rotterdam, 1944) y Richard Ingersoll (San Francisco, 1949) discuten sobre el papel político de la arquitectura. 

Rem Koolhaas, ganador del Premio Pritzker en el año 2000 como director del estudio de arquitectura holandés OMA y del equipo de investigación y diseño AMO, dialoga en el Baluarte de Pamplona con el también arquitecto y reconocido profesor y estudioso Richard Ingersoll, nacido en Estados Unidos pero residente en Italia.

Richard Ingersoll: Delirious New York sigue siendo una obra maestra, un texto que introdujo en el discurso arquitectónico un nuevo nivel narrativo. Pero esta historia de la «cultura de la congestión» puede atribuirse al laissez-faire del capitalismo, un capitalismo que, por lo menos, durante la primera mitad del siglo xx todavía fomentaba en algunos aspectos la ciudadanía. Pero hoy el sistema del laissez-faire no produce más que grandes símbolos, desigualdad y un planeta bastante deteriorado. A menudo tus ideas nos llevan a la conclusión de que este es el Sistema con el que tenemos que tratar necesariamente y que es imposible abandonar.  
Rem Koolhaas: Hay algo realmente esencial en este trabajo de descripción de la realidad —que es lo que siempre he hecho—, pero pienso también que he sido sistemáticamente muy crítico del laissez-faire. Quiero decir que, si lees mis trabajos publicados por Harvard, te das cuenta de que son una advertencia crítica sobre la histeria consumista. Así que hay una gran diferencia entre mi posición política y mi papel como analista de la realidad.

RI: Pero lo cierto es que regentas una oficina muy grande que en algunos aspectos tiene una estructura corporativa que hace posible la participación en el sistema.
RK: Yo diría que sí, que participamos en el sistema, pero desde una postura crítica. Solo de esta manera podemos alcanzar una posición que nos permite intervenir en situaciones donde podemos de verdad cambiar las cosas con nuestros edificios. Un proyecto como el Museo de Arte Garage en Moscú establece la diferencia, transformando un tipo procedente de un periodo anterior para reusarlo. No creo que haya en él nada arquitectónicamente ingenioso salvo el compromiso de reusar el pasado. Tener una oficina como la nuestra nos permite hacer proyectos como investigar el futuro energético de la Unión Europea en 2050, estudiando desde el punto de vista de la geografía qué tipo de energía será más eficiente en cada región, para producir una propuesta seria de distribución de la energía en Europa. Se trata de una especie de proyecto de proyectos que entra en la arqueología política.
RI: ¿Se corresponde tu trabajo como arquitecto con estas preocupaciones por la energía?
RK: No sé si lo que hago es mejor o peor, pero pienso que la profesión en su conjunto están haciendo un trabajo mucho mejor a la hora de reducir la demanda energética, y que somos parte de esta tendencia general. Si el impacto de los edificios en el calentamiento global es del 6%, estamos trabajando conjuntamente para reducir tal impacto y yo formo parte de esa tendencia. No reclamo nada abiertamente sobre este asunto, pero no por ello me siento menos serio a la hora de afrontarlo. Esto es lo que puede hacer un arquitecto caso a caso, y nada más. Hasta el punto de que a menudo trabajo en cuestiones más amplias, y estoy involucrado de un modo más político.

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RI: Desde mi punto de vista, la escala se ha convertido en un asunto crucial para ti, algo que una vez llamaste ‘the Bigness’, las economías de escala, la escala del urbanismo, la escala de la arquitectura, la escala de la oficina.
RK: ¿Estás dando por sentado que la gran escala está relacionada necesariamente con los modos de hacer poco sostenibles o es que crees que la escala es una condición previa de la sostenibilidad?
RI: Si tuviera que responder, diría que la gran escala es un gran problema debido al poder que les otorga a las grandes corporaciones, que operan con una mentalidad jerárquica, ‘de abajo arriba’, como ocurre en el planeamiento de Masdar City. Por el contrario, si se trabaja en escalas intermedias, con un mayor compromiso con la identidad y el lugar, creo que podríamos dar con mejores soluciones. Y donde la gente está viviendo ahora, aunque el mundo sea urbano en un 50%, no es en ciudades densas, sino en sprawls que requieren un transporte que produce un 14% de las emisiones de efecto invernadero.
RK: Sí, y podrías decir que esto no permite ya la tipología de la cultura de la congestión, y cuánto despilfarro ha habido en ello en los últimos treinta años. Pero la idea de la congestión sigue siendo necesaria concebida como una especie de densidad o compacidad que permite un empleo más justo de los recursos. Y aquí se produce una relación profunda entre la escala y la densidad. Pienso que no deberías ser tan escéptico con proyectos como Masdar, porque la realidad de los números y de los plazos imponen este tipo de artificios, aunque retórica y emocionalmente resulte aceptable seguir pensando que se podría empezar con un contexto ya dado y a partir de ahí avanzar más lentamente. Nosotros hemos hecho muchos proyectos de ese tipo, en particular de preservación en lugares como Dubái, donde hemos intentado conservar situaciones urbanas dadas y hacerlas cambiar a lo largo del tiempo, algo que parece muy sólido en cuanto proyecto utópico realista, a pesar de la economía actual. El cambio político es necesario, y estamos en un momento prometedor habida cuenta de que la crisis económica todavía sigue ahí y no parece que se vaya a remediar por sí misma; de hecho, es posible que vaya a peor si tenemos en cuenta el aumento de la desigualdad, que está produciendo tensiones increíbles y llevando a los populismos. Es un momento crítico que tiene un potencial positivo. Por ejemplo, en las sociedades no occidentales, en particular en Asia, se está produciendo un saludable aumento de la clase media y también de la confianza y el acceso a cosas que antes era totalmente inasequibles. Así que es muy difícil generalizar y no se puede decir categóricamente que la pobreza haya aumentado sin más.

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RI: Pero los niveles han cambiado, y que ahora el 1% posea el 50% de la riqueza mundial constituye un aumento definitivo.
RK: ¡Nadie quiere eso!
RI: Bueno, al menos sí lo quiere ese 1%, que por lo general controla los lobbies y el sistema político.
RK: Pero el hecho de que se esté cada vez más concienciado de la desigualdad que supone ese 1% y que esto haya merecido tanta atención crítica es importante en el sentido de que obliga a esa minoría a demostrar su integridad. Hay muchos indicios de que el negocio ya no es como era, en casi todas las profesiones. Pero hay que dejar de lamentarse por una situación ya pasada. Fue una situación excesiva, de mucha irresponsabilidad, de avaricia empresarial, de neoliberalismo, lo que nos condujo a la ruina, y ahora es necesario una especie de periodo de reconstrucción, donde podríamos desempeñar un papel positivo.
RI: Si podemos ver la pertinaz crisis como un oportunidad para cambiar las políticas, los estilos de vida, de acuerdo a una especie de decrecimiento natural, como la ha denominado Serge Latouche, ¿podríamos ver en las inminentes crisis medioambientales, como las inundaciones, las sequías, la pérdida de cosechas, también una oportunidad? ¿Algo así como cuando Svante Arrhenius, el primer teórico del efecto invernadero, presumió que el aumento de la temperatura sería beneficioso?
RK: Ha habido una enorme cantidad de resultados negativos de origen natural o humano que han dado pie a una conciencia colectiva de lo que ha pasado, quiénes son los culpables y cómo pudimos permitirlo. Es algo evidente, que está en el ambiente. Así que, aun sin parecerme demasiado al Candide de Voltaire, podríamos decir que ha emergido una sorprendente conciencia global. Con mucha gente pescando en estas aguas turbulentas. Así que sería absurdo no tratar de convertir este momento en una oportunidad.

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RI: En Róterdam, donde está tu oficina, hay una agencia dedicada a las estrategias de adaptación al cambio climático; una agencia que en los dos últimos años ha exportado su información a ciudades como Nueva York. Se prevé que a finales de este siglo el 90% de las grandes ciudades del mundo sufrirán agresivos cambios en el nivel del agua, semejantes a los que se producen en Venecia con el acqua alta. Hay también una nueva plaza en Róterdam, la Benthemplein, concebida como una esponja urbana capaz de hacer frente a este fenómeno. ¿Deberíamos aprender de Róterdam?
RK: No creo que tenga que posicionarme respecto a Róterdam, pero digamos que el conjunto de los Países Bajos constituye un experimento sobre lo que se puede hacer en una situación extrema de cambio en el nivel del mar. Y es una experiencia que muestra el carácter fundamental que tiene la colaboración, así como el potencial para el desastre que tiene la ideología cuando se impone a la objetividad. El nivel de consenso resulta crítico a la hora de enfrentarse a situaciones complejas. Y esta es la razón por la que estoy tan interesado en la Unión Europea, que en cierto sentido es como una Holanda mucho más grande, y también necesita crear una cultura de consenso que pueda ir más allá de los partidismos, y que atienda al sentimiento de comunidad y a los valores compartidos. Se trata de una mentalidad muy holandesa.

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RI: En tu texto para la Bienal de Venecia de 2014, así como en tu charla en Pamplona, has alertado de la amenaza de un ‘régimen digital’. Cada vez más tenemos que ver con mecanismos que sustituyen nuestros pensamientos con dispositivos de memoria externos. Desde el punto de vista humanístico, resulta un gran problema el hecho de que empezamos a perder el contacto con la inteligencia que hay dentro de nosotros. La tecnología se mueve tan rápido que no somos conscientes en absoluto de lo generalizada que está. Existe una amenaza real que hace que los medios se estén convirtiendo en fines en sí mismos. ¿Deberíamos intentar contrarrestar esta tendencia, frenar a los objetos o al menos creer que los tenemos controlados?
RK: Yo no lo presentaría de ese modo, aunque estoy de acuerdo contigo, porque me parece demasiado nostálgico. Es reseñable lo fácil que en poco tiempo podemos hacernos con una cantidad increíble de información. Pero transformar tal información en conocimiento es, por supuesto, un arte. Así que no creo que la gente se vuelva más estúpida, aunque me preocupe la cultura que todo esto implica. La comercialización que hay detrás de paradigmas actuales como los de las Ciudades Inteligentes es muy interesante por cuanto quienes proponen esos paradigmas parecen ocultar los acicates especulativos que hay detrás de otras narrativas más generales. Que todo esto se traduzca en control o manipulación social está por verse. Pero mis reticencias al tipo de críticas que haces es que es algo que no puedo apoyar del todo, a pesar de que creo que no estás equivocado. Creo que el modo en que formulas tu análisis es incapaz de encontrar algo bueno en todo lo que está pasando, y no puedo estar de acuerdo con ello. Comparto tus preocupaciones, pero me parece que la postura antimoderna que hay detrás es elitista. No creo que estemos en un contexto en el que 10 mil millones de personas puedan ser antimodernas. Quizá los pocos que tienen la suerte de tener una granja en la Toscana pueden permitirse el lujo de ser antimodernos. Así que esta sería mi respuesta, y también respecto del asunto corporativo. Todavía pienso que estamos condenados a la modernidad y que debemos hacer algo con ella: quejarse impide tener una relación productiva.

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