Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano

Pamplona, España

Álvaro Siza & Vicente Verdú

Diálogo

Entrevista - 02.02.2015

El reconocido periodista del diario El País, Vicente Verdú, entrevista en el Baluarte de Pamplona a uno de los máximos exponentes de la arquitectura contemporánea: el portugués Álvaro Siza.

Álvaro Siza (Matosinhos, 1933) quería ser escultor pero a su padre le pareció muy poca cosa. Se hizo entonces arquitecto a su pesar, pero como no hay mal que por bien no venga fue recibiendo sin cesar premios y honores. Recibió el Pritzker (1992), la Medalla de Oro de la UIA (2011) y decenas de otras distinciones extraordinarias que le han llevado a ser solicitado por las mejores universidades de México, Colombia. Suiza o Estados Unidos. Con todo, al conocerlo, se diría que acaba de llegar de aquel pueblo pesquero, cerca de Oporto, donde nació, aunque pronto, al conversar con él, aparece un enorme caladero, un océano de sabiduría y de cordial inteligencia. Degustar a Siza supone, pues, disfrutar tanto el placer de sus múltiples obras exquisitas como tratar con un personaje de calidad singular. Los sabios, en las ciencias o en las artes, nos ennoblecen siempre.

Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano

Vicente Verdú (VV): Quería recordar la primera vez que conocí a Siza. Yo había dejado de fumar, y él fumaba sin cesar, y le dije: «Si usted dejase de fumar, se notaría una respiración mejor, ya no se cansaría tanto pero, sobre todo, es que ganaría mucha lucidez». A lo que me respondió: «¿Todavía más?». Yo creo que eso define mucho su obra: esa lucidez, o esa conciencia de lucidez en su trabajo. Y sobre eso quería preguntarte.
Álvaro Siza (AS): Ya, pero también soy consciente de mi falta de lucidez, y eso me produce muchos problemas...
VV: Sí, pero sí hay esa idea de la luz, la idea de la pureza, de la limpieza. A mí me llaman la atención tus dibujos, porque no son tan limpios. Creía que lo que Siza construía era una réplica de los dibujos que previamente había hecho, y veo que no, que los dibujos están mucho más enmarañados...
AS: Claro, porque cuando se proyecta la mente también está enmarañada… Al principio, todo empieza enmarañado y nebuloso y, poco a poco, se va tornando más claro: la geometría más controlada, etcétera.
Yo dibujo para pensar. Hace poco leí una frase de Pallasmaa que hablaba de la mano pensante. Y es verdad que yo la utilizo para pensar. Sobre todo, no quiero censurar lo que hago, lo que piensa mi mente. Pero hay que pasar por eso, porque si no pasas por eso, pierdes mucho. Hay que atravesar una cierta locura, una cierta indisciplina. Y luego, poco a poco, la forma de los espacios va ganando sutileza y los dibujos se van tornando más claros.

Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano

VV: Sé que querías ser escultor, y que fue tu padre quien finalmente te convenció de que hicieses arquitectura. En cierto modo, se han fundido las dos cosas...
AS: Cuando entré en la escuela de arquitectura, había también pintura, y escultura. Discutía con mi padre y quería cambiar, pero luego, en cuanto comencé, fue un momento muy rico: en la Escuela había un nuevo director, un nuevo equipo de gente muy joven, y todo aquello coincidía con un momento de apertura del Régimen. Me entusiasmé. También me dedicaba un poco a la pintura. Después me casé con una pintora excepcional y, cuando miraba sus dibujos, pensaba «para qué voy yo a hacer pintura…» VV: Pasa con los pintores, que tienen una manera propia de pintar, que se convierte en una marca identificable. Igual te pasa a ti: imprimes una marca a tu arquitectura. Pero, a veces, hay la necesidad por parte del creador de hacer algo diferente, apremiado por su libertad expresiva. ¿Has sentido esa tentación?
AS:¿De cambiar rápido? Sí, pero debo decir que no vino de fuera, sino de las circunstancias de trabajo. Normalmente es el trabajo el que me provoca la intención de cambiar. Hace un tiempo me encargaron una casa en un sitio en el que no había nada más que tres o cuatro casas feísimas. Un terreno plano; una zona sin historia, sin geografía… El cliente, muy simpático, muy abierto, pedía una solución, pero no quería nada en especial. Era todo muy neutro, y no sabía qué hacer. Entonces, cuando empecé, casualmente hice una visita a la obra de Adolf Loos en Viena, que era alguien que no me interesaba mucho, he de reconocerlo. Veía las fotos: una ventana aquí, otra allí, y pensaba: «¿qué confusión es esta?» Pero entré en su Casa Müller, y allí me di cuenta de que las ventanas estaban todas en su lugar. Era una atracción magnética en la que te dabas cuenta de que cada ventana no se podía mover de su sitio. No era modulación, proporción, nada. Vi que el rigor de implantación de estas ventanas y el secreto de su unidad total era que nacían del interior. Y nacían como el complemento de un proyecto total, y por tanto, aunque al principio no lo entendieses, había magnetismo: era de una autenticidad total, no había trucos. Era sublime. Cuando volví a Oporto, desarrollé el tema de las ventanas, y fue Frampton quien identificó la influencia directa. El lugar es muy importante, el contexto. Pero en muchos casos hay que salir de él para encontrar otras cosas nuevas.

Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano
Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano

VV: Pero en tu pabellón de Lisboa para la Exposición Internacional hiciste un toldo que no parecía de Siza...
AS: Es verdad que no lo parecía. Y eso me gusta. Cuando hice el pabellón para la Serpentine en Londres con Souto de Moura, hubo un amigo de Eduardo que le dijo: «este proyecto no parece tuyo», igual que otro amigo mío me lo había dicho a mí. Y no lo parecía porque el tema es distinto, y hay algo no reconocible que viene de condiciones de trabajo distintas, de estímulos abiertos. En el caso de Lisboa, lo que pedían en este proyecto era hacer algo que no se sabía para qué serviría (aún hoy no sé para qué sirve). Pedían un gran espacio cubierto para recibir a la gente. Empecé con una gran losa con pilares, muchos pilares, a la manera de Niemeyer. Un día llegó un ingeniero muy bueno, que no quería pilares: quería hacer una gran cúpula. Pero eso no servía, no abrigaba nada, porque era muy alta. Lo que necesitábamos era que la curva de la cúpula estuviese al revés. Y pensé: «¿se podría hacer?» Entonces se me ocurrió la solución con una tela plástica, aunque yo quería algo duro y pesado. Al final, el ingeniero me dijo que la solución era muy simple: unos tirantes envueltos en 20 centímetros de hormigón y luego unos tubos. En realidad, fue todo muy prosaico.
VV: Tenía la sensación de que se trataba más bien de la exhibición de una acrobacia, y me parecía que eso no correspondía a tu ser...
AS: Hay una anécdota divertida, y es que en el pabellón dibujé unos muebles. La señora que dirigía la Expo me dijo: «Siza, cuidado que en esa silla se tiene que sentar Coll, y él tiene un c... muy grande». Y entonces hice una silla grande. Pero después hubo una ceremonia donde se sentó ¿Sampaio?, que era pequeñito, y se quedó ahí con los pies colgando…

Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano
Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano

VV: Una cosa que me llama la atención es que has sido profesor en diferentes escuelas: ¿cuál es la esencia de tu enseñanza? ¿Qué enseñas con más entusiasmo?
AS: Lo que me interesa más lo aprendí con mi maestro en mi primera experiencia en la Escuela: entender lo que hay detrás del deseo, de la creación, de la inteligencia en cada estudiante. Ahora que las clases son grandes (antes éramos quince o así, y el profesor podía hablar con el estudiante), es bastante fácil destruir el trabajo de un estudiante. Creo que es una forma de anular sus calidades, y no entender sus potencialidades. Y ahí me acuerdo de cuando era estudiante, de cuando quería ser escultor y la arquitectura no me interesaba nada, y la primera crítica que me hizo el profesor (que era el director, una persona inteligentísima). Miraba mi trabajo, fumaba, pensaba… y después empezaba. Y cómo empezó. Me dijo: «Se ve perfectamente que tú de arquitectura nunca has visto nada, así que te aconsejo que te acerques a la librería y te compres unas revistas.» Así que fui y me compré cuatro números de L’Architecture d’Aujourd’hui, que es lo que teníamos entonces: un número sobre Gropius, otro sobre Aalto, otro sobre Neutra y otro sobre hospitales, que ni leí. Pero Aalto fue un shock, sobre todo Aalto. En lugar de hacerme sentir que era una desgracia, mi profesor me dejó pensar que, disponiendo de mayor información, podría cambiar los resultados. Y eso me parece muy bien. A los jóvenes arquitectos les diría que hay que luchar mientras haya energía, y no aceptar estas tendencias negativas. Estamos aún a tiempo. Hay que luchar de una forma más constante, con objetivos a más largo plazo. Pero la conquista fundamental es el placer que proporciona el ejercicio de la arquitectura… Si no se llega ahí, la profesión resulta horrible.

Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano

Podrían parecer una proclama doctrinal, una arenga voluntarista, estas últimas frases de Siza, pero no hay mejor ejemplo que él mismo para hacer caso a sus palabras. El tesón, el afán del trabajo y del estilo han hecho a Álvaro Siza no sólo un modelo profesional sino una insignia ética. Y seguramente no es casual que la pureza de su obra, blanca y afinada, se corresponda con esa rectitud del espíritu bien afirmado. Amar la profesión, esmerarse por la obra bien hecha, ser vigilante de los acabados, llevar la talla de una construcción desde la estructura hasta los detalles o conquistar una idea y una conciencia social son el mayor tesoro de un artista y su fortín personal. La fama de este gigante portugués no es, al cabo, el resultado exclusivo de su habilidad o su ingenio, sino de una moralidad profesional que lo integra humanamente todo.

Álvaro Siza & Vicente Verdú. ©Miguel Galiano
©Miguel Galiano